Historia del perfume

La palabra perfume proviene del latín, per (por) y fumare (a través del humo)

Esta unión de palabras “per fumare” hacía referencia al aroma que desprendía el humo que se creaba al quemar determinados productos.

En la actualidad, perfume, se refiere al líquido aromático utilizado para desprender un agradable olor.

El nacimiento de la perfumería

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Nos situamos en el año 3.500 a. C. En Sumeria, que era la civilización más avanzada y compleja del mundo en esa época.

Ellos fueron y no los egipcios los que desarrollaron por primera vez ungüentos y perfumes.

Cuando los arqueólogos encontraron el sepulcro de la reina Schubab de Sumeria, se sorprendieron bastante al hallar junto al cuerpo, una cucharita y un pequeño frasco trabajado con filigrana de oro: la reina había guardado allí su pintura de labios.

En la Epopeya de Gilgamesh (un poema asirio del año 2.300 a.C. que debió copiarse de textos acadios mucho más antiguos, a juzgar por la aparición de algunos de sus personajes en tablillas cuneiformes de la mitología sumeria, de donde debieron de ser extraídos y adaptados por los acadios) se encuentran muchas citas que hacen referencia a la perfumería y a la cosmética.

Para los griegos, todo lo bello, armonioso, proporcionado y estético era bueno y por ende de origen divino.

Así que a nadie puede extrañarle que atribuyeran a sus Dioses el regalo de los perfumes y los ungüentos…

La rosa, antes blanca y sin olor, adquirió su color rojo el día que Venus se clavó una espina y derramó su sangre sobre ella.

Y se volvió fragante al recibir un beso de Cupido.

En otra ocasión en la que Venus huía de unos malvados sátiros, se escondió detrás de unas matas de mirto y en agradecimiento por no haber sido vista, le dio a los mirtos su fragancia tan característica.

Los Dioses castigaron a Esmirna por su terrible pecado convirtiéndola en un árbol común y corriente.

Pero al verla llorar, se conmovieron y la mutaron en árbol de mirra que llora resinas aromáticas.

Los vendedores de perfumes griegos los anunciaban como fabricados con esencias provenientes directamente del Olimpo.

La incorporación de arte y diseño

Pero el aporte más importante que los griegos hicieron a la perfumería fue el aplicar su arte a los frascos de cerámica utilizados para guardar los perfumes.

Piezas de arte que aun hoy son difíciles de igualar en belleza.

Diseñaron siete formas para almacenar perfumes y los decoraron con animales mitológicos, figuras geométricas y escenas conmemorativas.

El más conocido fue el lekythos, un frasco muy elegante y esbelto que llegó a ser tan popular que para referirse a alguien poco solemne, se decía que “no tenía ni un lekythos”.

Pero no todos los griegos amaban el perfume.

Sócrates los detestaba, afirmando que ningún hombre debía perfumarse, ya que una vez perfumados olía igual un hombre libre que un esclavo.

La expansión del perfume

A través del Mediterráneo, los griegos exportaron sus costumbres desde el Cercano Oriente hasta España y esto incluyó su amor por los perfumes.

Así, los primeros perfumistas y barberos salieron de una colonia griega al sur de Italia y se instalaron en Roma en los tiempos de la República.

Aunque en sus inicios Roma era un pueblo pobre y austero que se dedicaba principalmente a cuidar sus huertos y rebaños y secundariamente a defenderse de sus vecinos, las sucesivas victorias militares y una constante expansión unida al debilitamiento del poder etrusco, la convirtieron en una ciudad brillante y próspera, que pasó de la frugalidad a la opulencia.

La cosmética floreció en Roma como nunca antes había ocurrido en ningún lugar y así como ahora los productos de belleza pretenden venir de París, era muy “de nivel” decir que las fragancias llegaban desde Grecia (aun cuando no lo fueran…como ahora).

El vaporizador humano

Las damas romanas tenían una forma bastante particular de perfumarse:

Hacían llenar la boca de sus esclavas con perfumes para luego ser espurreadas en rostro y cuerpo.

Pero en Roma no sólo las personas se perfumaban.

Antes de la batalla o en los regresos victoriosos, se humedecían los estandartes de las legiones con fuertes fragancias y también era común perfumar salones, vestidos, teatros, armas y hasta los animales, sin mencionar cualquier ceremonia religiosa, casamiento o entierro.

Se cuenta que el emperador Nerón durante sus banquetes más selectos, hacía caer desde el techo miles de pétalos de las más variadas y exóticas flores a la vez que soltaba pájaros con sus alas embebidas en perfumes, para que la fragancia se esparciera durante el vuelo (recordemos que su mujer, Popea, amaba bañarse en leche de burra, obligando a trasladar durante sus viajes a casi trescientos de estos animales para ser ordeñados cada mañana).

Perfume y religión

El cristianismo trae consigo una regresión en la utilización de los perfumes y los cosméticos y la condena a las «artimañas del diablo” utilizadas por las mujeres para seducir a los hombres.

Clemente de Alejandría autorizaba los baños, pero condenaba los establecimientos que de día y de noche se ocupaban de masajear, untar y depilar.

San Jerónimo, San Cipriano y Tertuliano aborrecieron el uso de ungüentos y perfumes, pero no tardó en ponerse de moda morder delicadamente una ramita de mirto con el fin de mostrar así una bella dentadura.

De cualquier manera, es la Biblia quien vuelve a mostrarnos el uso extendido de la perfumería:

En el Nuevo Testamento vemos la imagen de la hermana de Lázaro ungiendo los pies de Jesús con perfume.

O los tres Reyes Magos dejando incienso y mirra en el pesebre.

Es algo singular que tanto el nacimiento de Jesús como su muerte estén ligados con los perfumes:

“…También vino Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús, trajo como cien libras de Mirra perfumada y áloe. Envolvieron el cuerpo de Jesús con lienzos perfumados con esta mezcla de aromas, según la costumbre de enterrar a los judíos”. San Juan 19 39-40).

Los bizantinos son quienes recogen la antorcha dejada por los romanos en lo que respecta a los imperios.

En el arte de la perfumería no sería arriesgado decir que superaron a la propia Roma (tal vez por el simple hecho de tener mano de obra con tradición perfumista o por contar con las materias primas más cerca).

Aunque si de potencias hablamos, debemos darles todo el crédito a los árabes:

Ellos supieron asimilar y perfeccionar mejor que nadie los conocimientos de las culturas que los precedieron.

La elaboración de los perfumes

Utilizando alambiques para destilar alcohol como soporte de las esencias, elaboraron refinados perfumes como el almizcle, la algalia y el Agua de Rosas, por nombrar los más amados y requeridos en toda la Edad Media.

Mahoma, como todo buen árabe, amaba los perfumes y el mismo Corán promete a los fieles de corazón un paraíso perfumado y bellas hurís de ojos negros, hechas del más puro de los almizcles…

Se realizaron numerosos intercambios entre Oriente y Occidente que se vieron favorecidos por las Cruzadas (1096-1291)

Los mercaderes comenzaron a inundar el mundo conocido con nuevas fragancias y especias.

Además de poner otra vez de moda la buena costumbre de acompañar el aseo con aplicaciones perfumadas.

Pero pronto veremos que las viejas mañas son difíciles de dejar a un lado.

La cultura de perfumarse

Durante el Renacimiento se produjo un redescubrimiento de la cultura greco-romana.

Con la invención de la imprenta, numerosos tratados antiguos de perfumería fueron traducidos y publicados en francés e italiano, haciendo llegar a la población mil y un maneras de usar perfumes.

En este período, no obstante, se deja de lado a la higiene y se recurre a los perfumes para “no oler como carneros”.

Es tan común entre las damas no bañarse como ponerse en las axilas y entre los muslos esponjas perfumadas.

Como resulta evidente, la sarna estaba a la orden del día tanto para la plebe como entre los ricos y famosos.

Uno de los asistentes de Juana I de Castilla y Aragón, también conocida como la Loca, escribió en una de sus cartas:

“Las hijas de la reina mejoran poco a poco de su sarna”.

Aquí huele….

Pero el puesto de honor entre los mugrientos lo tiene Enrique IV de Francia:

No solamente no se lavaba nunca sino que además ni siquiera tenía por costumbre perfumarse.

En su noche de bodas, su esposa estuvo a punto de desmayarse y cartas de sus amantes dejaron testimonios de las náuseas y vahídos que sufrieron al compartir su lecho.

Pero parece que por lo menos se bañó una vez….

Fue en el Sena, en donde antes de hacerlo, y a la vista de todos, orinó abundantemente y viendo que su hijo, el futuro Luis XIII, dudaba en meterse al agua, le dijo una célebre y paternal máxima que haría palidecer al mismo San Martín:

-Con confianza, báñate y no tengas miedo que más arriba del río otros habrán meado antes que yo.

Florencia y Venecia fueron las capitales del perfume.

Al morir la alquimia en pos del nacimiento de la química, el arte de la perfumería evolucionó notablemente al mejorar la destilación y la calidad de las esencias.

El inicio del frasco de vidrio

Empleando técnicas orientales, en Venecia produjeron los primeros frascos de vidrio soplado.

Pero muchos vidrieros italianos emigraron a Alemania y Bohemia, encontrando ahí un cuarzo bastante duro que les permitió tallar, grabar, pulir y decorar sus envases.

Dejaron a un lado el soplado y desarrollaron para el envasado nuevas técnicas.

Una curiosidad: la moda imponía el uso de guantes y estos indefectiblemente debían estar perfumados.

Grasse, un pequeño pueblo al sur de Francia, los fabricaba en grandes cantidades y sus guanteros decidieron entonces perfumarlos ya en la fábrica.

Para eso comenzaron con el cultivo de lavanda, jazmín, mimosa, naranjos, rosas…

En la actualidad, Grasse cuenta con más de dos mil quinientos técnicos dedicados exclusivamente a la industria del perfume.

Ingredientes de los perfumes

El perfume es una mezcla que contiene:

  • Sustancias aromáticas, pudiendo ser éstas aceites esenciales naturales o esencias sintéticas.
  • Un disolvente que puede ser sólido o líquido (alcohol en la mayoría de los casos)
  • Y un fijador, utilizado para proporcionar un agradable y duradero aroma a diferentes objetos pero, principalmente al cuerpo humano.

Los aceites esenciales son sustancias orgánicas, líquidas aunque algunas veces sólidas, de olor y sabor acres, irritantes e incluso cáusticas.

Pueden destilarse sin descomposición, no son miscibles en el agua pero son solubles en alcohol y éter.

No tienen el tacto graso y untuoso de los aceites fijos y no dan jabón.

Disuelven los cuerpos grasos, la cera y las resinas.

Su composición química es variadísima; a menudo encierran hidrocarburos de fórmula C10H16 o un múltiplo o submúltiplo y un compuesto oxigenado o alcanfor.

Algunos contienen ésteres, alcoholes, fenoles; otros, contienen azufre. Existen en todos los órganos de las plantas pero especialmente en las hojas y en las flores.

La mayor parte de las esencias ya existen completamente formadas en la planta o vegetal.

Sin embargo, otras no preexisten sino que se forman por la acción del agua sobre determinadas partes del vegetal por cuya acción se combinan ciertos elementos que se encuentran en las células y determinan la formación de la esencia.

Los fijadores que aglutinan las diversas fragancias incluyen bálsamos, ámbar gris y secreciones glandulares de ginetas y ciervos almizcleros (estas secreciones sin diluir tienen un desagradable olor, pero en solución alcohólica actúan como conservantes).

En la actualidad, estos animales están protegidos en muchos países, por lo que los fabricantes de perfumes utilizan almizcle sintético.

La cantidad de alcohol depende del tipo de preparación al que vaya dirigido. Normalmente, la mezcla se deja envejecer un año.

Extracción de las fragancias

Los aceites esenciales (fragancias) se extraen de los vegetales que los contienen formados o que contienen los elementos para su formación.

Existen distintos procedimientos:

Maceración

Cuando se procede por maceración es necesario colocar las flores en unas grandes calderas manteniéndolas sumergidas a fin de que suelten el olor.

Expresión

Un procedimiento muy conveniente en la cidra, la naranja y la bergamota.

Cuando el fruto es abundante, se exprime para recoger el aceite.

Destilación

Este método es el más empleado especialmente para flores, plantas y hierbas, tales como la lavanda, rosas, alhucema, tomillo, sándalo, mimosa, etc.

Para ello, se emplea un alambique de cavidad bastante grande.

La parte del vegetal que contiene la esencia (raíz, hojas, flores, corteza de árbol, etc.) se machaca y se introduce en el alambique.

Es conveniente no poner la materia en contacto directo con la caldera; por este motivo se coloca en sacos o en un vaso en forma de criba que se dispone en el centro de la cucúrbita.

Se añade el agua suficiente para que la materia esté completamente bañada y al cabo de algunas horas de maceración se procede a la destilación.

El aceite esencial es arrastrado por el vapor de agua, aunque su punto de ebullición en general es muy superior a 212 °F.

Los productos de la destilación son recogidos en un vaso en el que se separan fácilmente el agua y la esencia.

Para las esencias más ligeras se dispone del llamado recipiente florentino.

La esencia va a la parte superior y se acumula en el recipiente mientras que el agua se escapa por un tubo encorvado que nace de la base del recipiente.

Para las esencias más pesadas se usa otro tipo de probeta en la que se deposita el líquido en la base y el agua escapa en altura.

En todos los casos, el agua que sale arrastra un poco de esencia en disolución o en suspensión.

Esta agua retorna al alambique para aprovecharla en operaciones sucesivas, de manera que el agua a pesar de ser de desecho será aromática.

Enfleurage

El procedimiento extractivo de disolución sirve para ciertas flores delicadas; utilizando para esto ciertas sustancias grasas que tienen la propiedad de absorber los perfumes por contacto.

Si se procede a la temperatura ordinaria, la operación se llama enfleurage como ocurre con la vara de Jesé y el jazmín.

Consiste en impregnar las sustancias aromáticas en grasa y después extraer el aceite oloroso con alcohol.

También se utilizan compuestos químicos aromáticos.

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